Hay un drenaje continuo...
en qué momento obtuviste esta enfermedad,
o quizás esta extranjería,
esta marginalidad,
qué te hace presa de la tristeza,
aquella que surge de cualquier mínimo hueco
que encuentra para colarse.
Y trata de invalidar tu identidad,
de recordarte que estás al servicio de lo que te permitan,
que tu única opción es dar las gracias
y pedir perdón por ser desagradecida,
por estar triste en el primer mundo...
Quién regaló este muñeco sin pilas,
quién te susurró al oído o quizás
gritó sin preocuparse,
el estigma que se pegó en tu piel de bebé...
es ridículo quejarse
pues la manera de vivir es seguir adelante
y dejar que las olas te golpeen la cara
hasta que las domes,
hasta que te acostumbres,
quizás no las sientas
o incluso aprendas de ellas
sin tragarte la sal.
en cada disculpa gana terreno,
no estoy hecha para el mundo de los vivos...
ni para el de los muertos,
¿habría posibilidad de desvanecerse sin más?
sin hacer ruido ni voltereta,
o sea, tal como vine...
Cada dar gracias a la estatua
me torna en otro,
eso sí, otro agradecido,
con quien no me tomaría ni una copa de vino
en viernes santo...
Sólo en la brisa, a veces,
y en el rayo de sol,
a veces, una leve calidez,
un ligero respiro,
no sé si es simulación de afecto
o evocación de huida